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BigBrother

Más allá de la realidad

“Ahora vas a saber lo que es un verdadero reality show”, decía la campaña publicitaria de uno de los programas que inundaron la pantalla de tevé local. Y llegó el momento. Hasta entonces, el término Œreality¹ tenía un solo significado: equivalía (obvio) a “la realidad”. Pero ahora, cuando se ve lo que en verdad es un reality show, la definición del Larousse (“programa de sucesos”) queda chica.

Porque los jugadores del juego de los realitys están bajo una situación clínica. Ratas de laboratorio, víctimas de un experimento sociológico, pacientes psiquiátricos en recuperación: todo eso parecen estos chicos que aceptaron ser encerrados y obligados a convivir juntos por mucho (¿demasiado?) tiempo. La escenografía varía (una isla, un bar, una casa), pero los protagonistas saben que siempre es la arena de un circo televisado las 24 horas. Así, los códigos de la ficción empapan los dichos y hechos de todos: “Estás caliente porque Mónica le dio cabida a Juan Pablo y a vos no”, le había dicho Eduardo a Daniel en El Bar, y no pudo evitar que sonase a parlamento de telenovela para adolescentes. Aquella discusión (quizás la más fuerte de todas en ese programa) terminó con un puñetazo de frustración al piso… y un yeso en el brazo de Daniel.

En la tele de siempre, todo hubiera terminado ahí. Pero en un reality que se hace en tiempos de Internet, las palabras televisadas provocan una catarata de efectos virtuales. Minutos después del puñetazo, la Web recogía el guante. “Las palabras de Eduardo sonaron más a una provocación que a una reflexión objetiva², se podía leer en el site de El Bar (www.el bartv.com). A la misma hora pero en otro canal, las cuitas de los Œprisioneros¹ de la casa de Gran Hermano también despertaban interpretaciones en Internet. “Gustavo estaba un poco angustiado por no haber estado ayer cerca de su hijo, que cumplía 18 meses. Como siempre, se ocupó de las tareas de la cocina, y cuando salió al patio para sacar la basura, Verónica fue detrás de él.”Œ¿Qué te pasa?”, le preguntó. “Estoy preocupado”, reconoció él”, le contaba una chica a otra en el site oficial. Otros, en cambio, analizaban los problemas de la isla de Expedición Robinson 2: “Ricardo no perdonó. Disparó contra las tres mujeres de su grupo y le deseó suerte a Pablo porque será quién banque al nuevo Equipo Norte”, analizaba un navegante en CiudadCom Espectáculos.

De esta manera, los sites de cada programa mantienen actualizados a todos los internautas que siguen paso a paso a una moda de la que todos hablan, todos opinan, y acerca de la cual todos huelen algo raro, aunque nadie sepa explicar bien qué es. De pronto, hace su aparición una sensación conocida como “conspiranoia”, y la Red aparece como el lugar ideal para tejer y destejer teorías. “Me dijeron en América TV que Daniel es pariente de Pergolini, así que es muy probable que sea el ganador”, decía un tal Pepenervios en el foro de Elbar.com. En el de Gran Hermano no se quedaban atrás y subían las apuestas con los rumores: “Hay algo que me llamó la atención -decía una tal Eugett-, y fue cuando vi la tapa de Gente con algunos de los participantes en la tapa… Me pregunto cuándo la hicieron, porque si las normas del aislamiento dicen que nadie puede entrar en la casa, y teóricamente los chicos no se habían visto antes de encerrarse… ¿Está todo arreglado?”

El tono de las sospechas puede alcanzar increíbles picos de fantasía: en los sites se dijo de todo -de todo-, y todo se disparó desde el anonimato. Que algunas chicas trabajaban en cabarets, que la producción de un programa les da droga a los participantes, que nadie es quien dice ser, que todo es todo mentira. Un activismo de la conspiración paranoica desenfrenado, que hace de los chats el lugar preferido por los fans para disparar con municiones verbales de grueso calibre contra quienes no les caen nada simpáticos o defender con uñas y dientes a sus preferidos.

Tanto va el cántaro a la fuente que algunos de esos rumores llegan a la tevé, generando otra paradoja: que una “noticia² producida por el público despierte una reacción en la pantalla. Pasó con el e-mail enviado por una supuesta Alejandra (la segunda eliminada de El Bar), en el que se denunciaban ciertos manejos raros por parte de los productores. La lista era muy explosiva: que se les exigía sexo a cambio de dinero, que hubo más de una irregularidad en el recuento de votos para mantener los conflictos… La cadena que disparó ese mail fue tan poderosa que en pocos minutos llegó hasta las oficinas de la productora Cuatro Cabezas. ¿El resultado? A las pocas horas, ya estaba Andy Kusnetzoff en el aire desmintiéndolo, diciendo que él jamás les habría exigido sexo a los participantes para obtener más rating. Andy fue tajante y dobló la apuesta: “No hace falta que yo se los pida, ellos lo hacen solos”.

¿Conclusión? El mail era falso: se lo atribuyó un tal Beetlejuice, registrado en el foro de El Bar como Eduardo Nocera (sí, el mismo nombre que uno de los participantes). El tirabombas aclaró que su objetivo era alertar a los navegantes para que no se crean todas las cosas que aparecen ahí.

La confusión sobre qué es real y qué no en estos programas quizá sea la esencia de los mismos (así como la ilusión de poder influir sobre el destino de alguien). Esa duda básica (altamente filosófica en otro contexto) es la que atrapa a todos, a los que están a favor y a los que odian a este formato televisivo.

En los chats y los foros de discusión de la Web, los “realityadictos² encuentran el lugar para exudar su alto nivel de fanatismo. “¿Por qué no dejan de insultarme injustamente?”, se preguntaba una supuesta Yael Glancspieguel desde su propia lista de discusión ante los cientos de mensajes del tipo “es-la-típica-pendeja-cheta-mimada-a-la-que-le-pagan-todo. Además de ser histérica, se cree una diva”. Los escépticos se preguntaban si la respuesta era de la Yael real o de un clon. Los falsos participantes florecían de tal manera en los foros y chats, que Diego Guebel, mandamás de Cuatro Cabezas y responsable junto a Mario Pergolini de la dirección de El Bar, usó el site para marcar su enojo: “Ninguno de los navegantes que aquí se hacen pasar por concursantes son reales, sino personas con intención de difamar. La empresa comunica que, de persistir estos actos de mala fe, iniciará investigaciones para identificar a estos individuos, llevando a cabo acciones legales”. Como broche figuraba también la siguiente aclaración: “Este mensaje se envía por única vez, con el fin de terminar con los malentendidos y con el abuso de este medio”.